VI

Antonia perdió parte su encanto cuando noté que Julián tenía cierto éxito. No tenía nada contre él. Me parecía un tipo maravilloso. Éramos relativamente buenos amigos. Sin embargo, verla desfilar por el mismo camino que tantas habían recorrido, la hizo parecer desatinada y simple. Recordé las reses encauzadas hacia una inevitable muerte que muchas veces observé agonizar en el matadero del Darién, un pueblo cercano a la finca de mi abuelo, donde el viejo era conocido como un potentado ganadero.

La agudeza no es una característica de las mujeres que he conocido, por eso he amado en pocas ocasiones.

Napoleón escribió alguna vez que “las batallas contra ellas son las únicas que se ganan huyendo”. Soy un incuestionable triunfador y un desperdiciador de de polvos de maravilla. “Tengo mala memoria, olvidar es uno de mis talentos”, dije solitario en mi habitación. Mordí una jugosa poma verdosa y sonreí.

My funny Valentine (The Talented Mr. Ripley)

V

Cuando escuché My Funny Valentine por primera vez, fue viendo The Talented Mr. Ripley con Jude Law y Matt Damon. The Guy Barker International Quintet acompañaba a Damon, quien sin tener una pizca de la fibra de Sinatra, hizo una interpretación sublime. Su voz de cantante inexperto, casi insignificante y los apacibles vientos del Guy Barker, me produjeron una sensación extraordinaria. Sentí que me ahogaba lánguidamente en una piscina de satén con los ojos cerrados. Luego conseguí, en Nueva York, una versión en acetato de la misma canción, cantada por Eva Fitzgerald. El gigantesco disco negro producía el mismo ruido que hacen las crsipetas cuando explotan. Eso me dejaba una impresión nostálgica. Sentía que oía un viejo radio gringo, sumergido en una gustosa melancolía. Aún conservo el LP en mi biblioteca, junto a un anticuado tocadiscos que heredé de mi padre. De vez en cuando lo oigo. Es agradable.

“Siento que lo digo todo sin decir nada” había dicho Antonia un día que nos escapamos para tomarnos un long island en un escueto lugar con sofás encantadores. My Funny Valentine, de Matt Damon, me resonó en la cabeza. No concebí lo magnífico que podía ser el jazz hasta que la oí. “Quiero oírte decirlo”, reflexioné. No hay como escuchar las cosas y distinguirlas aunque sean invisibles. Su recuerdo puede durar para siempre. “My funny valentine, sweet comic valentine, you make me smile with my herat”.

IV

Cuando se inventaron el risk a comienzos de los 50, debieron pensar en las guerras de la seducción que se desencadenan entre los corazones. Es un juego de estrategia. Hay que ser calculador. Debe uno atreverse y ser conciente de que hay que librar varias batallas. Para un retraído, como yo, es aburrido. Prefiero el ajedrez. Hay que tener más inteligencia que ambición y enfrentar sólo un antagonista. Eso pensé cuando descubrí que Julián -un joven feo, promiscuo incurable, entretenido, fiel camarada y dueño de una voluntad despiadada para conquistar a cualquier mujeres- había convertido a Antonia en su próxima victoria. “Soy más culto, perspicaz, agraciado y fino”, me dije. “Es un pajazo mental”, me respondí. Un celoso no lo es por lo que ve; con lo que imagina basta. Como buen escéptico, sólo creo en lo que veo. “Soy una posibilidad”, pensé y dejé la manzana en el stand de supermercado.

III

“Cuando una mujer me gusta, me gusta a pesar de todo”, dice la canción de Antonio Aguilar. A mí Antonia me gustaba a pesar de que no sabía si era correspondido. Sólo sabía que me había hecho la mirada pervertida de la manera más desvergonzada, apenas superable por una negra sicalíptica que me había dicho “papito rico” mientras me pasaba por el lado y me rozaba el muslo con sus ancas fastuosas en la Terminal de Transporte de Cali; pero la morocha no se preocupó por lo insolente de su comentario. “Si las demás fueran así, no habría tantas historias de amores patéticos en el mundo”.

- “¿Quieres tirar?”

- “No, gracias”.

¡Sería un mundo feliz!

Antonia tenía una risa sugestivamente grosera. No era como se veía, era como sonaba. Sus carcajadas dejaban un halo de descaro en el ambiente y eso provocaba a cualquiera. Siempre tuve la indecencia de oler a las mujeres sin que lo notaran. Cuando una me pasaba por el lado, yo inhalaba lo más suave y rápido que podía. Ella olía a manzana verde, pero su aroma llagaba hasta el estómago y ahí explotaba, desencadenando un dulce estado sicodélico. Nunca metí poper; pero según dicen, oler a Antonia debe ser lo más parecido a aspirarlo. Era una mujer honesta; pero producía en mí un efecto libertino. Ahora me la pasaba oliendo manzanas en Carulla.

II

Antonia perdió unos kilos durante las vacaciones. Se fue con su novio y sus suegros a Brasil. Yo viajé a Cali para ver a mis padres. Sus kilos de menos nunca me importaron, hasta que descubrí que los demás hombres de la oficina eran más solícitos con ella que antes.

Una mañana, a las 8:17 con 20 segundos, llegó debajo de un saco verde. Tenía una personalidad vehemente que me absorbió de forma precipitada. Su humor siniestro y honesto me pareció fascinante. La empecé a desear; pero como anhelaba a Giselle Sauda, el amor platónico de mi infancia, a los 11 años. Nunca la he imaginado desnuda, pero es imposible levantar la mirada cuando su torso casi perfecto está en frente y yo le miro unas pequeñas estrías que tiene y que siempre imagino que nadie más puede vérselas. El saco verde, de alguna forma caprichosa, resaltó su espíritu festivo. Fue como escuchar Strawberry Fields Forever por primera vez. Pude sentir un sabor ácido en la punta de la lengua. Quería besarla.

I

Nunca he sido un Don Juan, soy práctico. No me atrevo. Tomo pocos riesgos. He sido un gran desperdiciador de de polvos maravillosos con mujeres tremendas.

Soy buen novio. Las conozco coincidencialmente. Siempre detecto esa mirada pervertida que hacen las mujeres solapadas cuando ven a un hombre elegantemente prosaico y groseramente inteligente.

A Marta la conocí en una serie de entrevistas que le hice a varios universitarios para un documental de CNN. Me gustó. Supe que no era muy inocente y que sabía que tenía esa expresión infantil que le permitía hacer lo que le diera la gana. Tuve que preguntarle acerca del cybersexo. Respondió inalterable, me hizo la mirada pervertida -creen que no la notamos porque es sutil, pero siempre nos damos cuenta- y pensé: “¡Mierda! ¿Ahora que hago?”.

Terminé las preguntas. Era un documental acerca de los hábitos cibernéticos de los jóvenes de hoy. Quede imperturbable, como cundo conozco una mujer que me gusta. La dejé ir. Una hora después saqué el celular de mi bolsillo y le mandé un mensaje de texto. “Gracias por la conversación. Coffe?”. Respondió que sí. Dos años y medio después escribo esta línea que está leyendo y voy a poner un punto aquí.

Marta es mi novia y, como de costumbre, no voy a escribir sobre mi novia. Para eso están los escritores muy buenos, como Jaime Sabines, o los muy malos, como Sandro Romero. Antonia se llama la mujer que aún no describo, pero que usted advierte. No, no somos amantes, aún, pero creo que vamos a serlo. Lo malo es que no sé cuando. Ojala no sea demasiado tarde, para que sea placentero.

Entró a mi oficina un miércoles, vestida con demasiado rosado. Tenía cara de italiana. De italiana del sur, de esas que se ven por la Costa Amalfitana. Era dueña de unos senos enormes y un culo invisible. Fue como la primera vez que vi a Jeannine Garofalo y pensé que era lo seductoramente robusta como para enamorarse de ella sin ninguna inquietud. Esa fue mi primera impresión. La contraté; pero debo decir que su entrevista laboral dejó en mí una encantadora impresión.

Nuestra amistad fue repentina. Un día me pidió que la llevara en mi carro a un centro comercial. Había dejado el suyo en la casa. La llevé y la acompañé. Nos tomamos un par de martinis. Hizo la mirada pervertida desfachatadamente. Su novio la recogió y pensé: “Ahora sí que la voy a cagar”.